Vuelvo a casa. No es tarde para ser jueves. Predispuesta a encontrarme gente en la calle.
Solo está la calle y todo mojado. Camino no más de cien metros mirando solamente el suelo y pensando cuanto tiempo ha podido estar lloviendo. Los escasos cinco minutos que separan mi casa se hacen largos de una forma incómoda.
¿Por qué no hay nadie en la calle? Es como si se celebrar una fiesta a la que yo no he sido invitada. A mi espalda camina un hombre tarareando una canción, hecho que le hace muy inquietante (puede ser que esté contento, vendrá de la fiesta) pero intento esquivarle y acelero el paso. Vuelvo a fijarme en el suelo y en como mis pies dejan su huella en las baldosas secas que por lo que puedo apreciar puede que no sean borradas por otras en toda la noche.
En los escaparates que durante el día me paro a mirar, ahora son esos maniquís los que no apartan sus ojos de mi, persiguiéndome en la medida que yo puedo ver.
Voy por el centro de la calle y a su vez las paredes se alejan de mi, haciendo que el espacio que me rodea sea cada vez mayor y acentuando mi sensación de soledad y sobre todo indefensión ante el más mínimo suceso.
Al ver las zonas de los taxis me calmo, siento no estoy sola en este vacío, desaparece esta paranoia absurda y sigo caminando hasta llegar y mientras río, pienso que estoy loca.
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